La vio apagarse.
La vio apagarse cada día más.
La vio apagarse en cada hora que pasaba y ella no sonreía.
La vio apagarse en cada gota salada recorriendo su rostro por minutos, diariamente.
La vio apagarse tan lento, tan agónico que no pudo hacer nada para salvar su luz.
La vio apagarse desde adentro, en su fuego consumido.
La vio apagarse en sus ojos muertos que no brillaban ni siquiera por su chocolate favorito.
La vio apagarse en cada sonrisa fingida, en cada "ya va a pasar".
La vio apagarse en las tardes perdidas en la cama, dejándose consumir por las sábanas.
La vio apagarse en cada plato de comida rechazado, en cada despreocupación por su propia salud.
La vio apagarse entre sus brazos, cuando el agarre del abrazo se hacía más débil.
La vio apagarse en su rostro pálido, en sus ojeras y en su tristeza.
La vio apagarse en su voz cada día más silenciosa.
La vio apagarse en cada cita con el psicólogo sin resultados.
La vio apagarse hasta que la depresión se la comió, entera.
La vio apagarse en la cama de hospital luchando, o más bien entregando su vida.
La vio apagarse definitivamente en aquella tarde de invierno, cuando el sol se puso y el día se apagó con ella.
La vio apagarse durante un año, y nunca pudo (o supo) hacer nada. Porque él la amaba, y lo sabía, sabía que aquello que se había apagado no era la vida de Ámbar, aquello que se había apagado en ella no tenía solución.
La vio apagarse, al alma de ella, cada vez más marchita, cada vez perdiendo más luz, cada vez rindiéndose más.
La vio apagarse para siempre un 6 de Julio de 1978, apagando en el proceso el corazón de él.